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La Moza del Presidente

  • Foto del escritor: Ghina Castrillón Torres
    Ghina Castrillón Torres
  • 11 ago 2025
  • 3 min de lectura

Por: Ghina Castrillón Torres. Politóloga feminista.




Durante todo el gobierno del presidente Gustavo Petro se ha especulado sobre supuestos amoríos extramatrimoniales, cosa que hace parte de su vida privada pero que se ha convertido en alimento para el morbo político que desplaza el debate sobre asuntos importantes de Estado y descalifica a todas las mujeres cercanas al presidente convirtiéndolas en sospechosas de ser su “moza”.


Hemos escuchado que la excanciller Laura Sarabia, la coordinadora del gabinete del Ministerio del Interior Juliana Guerrero, la ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes Yannai Kadamani Fonrodona, o la presentadora y mujer trans Linda Yepes, entre otras, quienes han tenido que soportar comentarios que, en vez de analizar sus capacidades profesionales, reducen su presencia en la esfera pública a un supuesto intercambio de favores sexuales.


Históricamente cuando una mujer asciende a posiciones de poder, sus competencias se ponen en duda. Desde la derecha hasta la izquierda recurren a la misma estrategia de descalificación de las mujeres. La sospecha sobre su sexualidad como atajo al poder son irrespetuosas y deslegitiman su presencia y liderazgo, reforzando la idea de que una mujer no llega a dichos escenarios por méritos profesionales.


El problema con esta dinámica es que desvía la atención del debate sobre la gestión pública hacia chismes y moralismos que poco aportan a la deliberación y profundiza el marco patriarcal en el que la vida sexual de las mujeres se convierte en un argumento para invalidar sus logros. Y no se trata solo de Petro y la posibilidad de los supuestos amoríos, esta estrategia es reproducible contra cualquier mujer que habita es escenario público, de cualquier ideología, lo cual es inaceptable.


Lo que debería alarmarnos es que estos señalamientos constantes afectan los esfuerzos por alcanzar la paridad y fortalecer el liderazgo femenino. Los datos de ONU Mujeres muestran que en Colombia las mujeres somos el 52% de la población, pero son menos del 20% en el Congreso, asambleas departamentales y concejos municipales, sin contar las cifras sobre cargos directivos. Y si ya es difícil llegar a esos escenarios, el costo es mayor cuando para mantenerse en un cargo se está acompañadas de rumores sexuales.


Esto sucede porque el patriarcado ha deslegitimado históricamente el mérito de las mujeres con la idea de que solo los hombres progresan por mérito. Pero también porque persiste una mirada machista que estima el cuerpo femenino como nuestra única “herramienta”. Además, este desmérito se constituye como un castigo a las mujeres que rompemos roles tradicionales y nos proyectamos con independencia, por eso, a través de acusaciones que ponen en duda nuestras capacidades buscan disciplinarnos públicamente y enviar un mensaje que reprime a otras mujeres que aspiren a lo mismo.


En este contexto, ese moralismo funciona como un mecanismo de control que nos afecta de manera desproporcionada a las mujeres. Esta vigilancia sobre nuestros cuerpos y sexualidad se sustenta en un aparente debate ético pero el mensaje es que si eres mujer y destacas pues eso responde a la instrumentalización de tu cuerpo. Adicionalmente, si se reduce a las mujeres en política al papel de “mozas”, perdemos referentes femeninos en los espacios de toma de decisiones, afectando la posibilidad de centrar la discusión en las capacidades y enfoques que como mujeres se pueden aportar.


El debate no debería ser cuántas o quiénes son las “mozas” del presidente, sino por qué seguimos aceptando que la sexualidad femenina sea una herramienta en lo público. Si no cuestionamos esos códigos, la próxima generación de mujeres lideresas tendrá que seguir enfrentando techos de cristal todavía muy sólidos, pues mientras nos distraemos con chismes, el patriarcado sigue ganando.


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