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La obsesión de Elon Musk por esparcir la semilla humana por toda la galaxia

  • Foto del escritor: Iván Gallo - Coordinador de Comunicaciones
    Iván Gallo - Coordinador de Comunicaciones
  • 10 jul 2025
  • 3 min de lectura

Por: Iván Gallo Coordinador de Comunicaciones


Fue una novela de Isaac Asimov, llamada Fundación, la que le cambió la mente a Elon Musk. Supo desde entonces que, aunque era un gran diseñador de juegos en California, y ya había creado una pequeña fortuna que le permitió, por ejemplo, comprar su primer McLaren, su ego apuntaba a cosas más profundas y trascendentes. Le obsesionaban el cuidado del medio ambiente y los carros eléctricos, así que invirtió un par de millones de dólares en desarrollar Tesla. La jugada le funcionó. Pero iba por más y, ese más era retomar los viajes al espacio.


En el año 2002 llamó a la Nasa, quería entender cómo iba el programa espacial. Dicho programa ya había terminado de manera abrupta. Con la desaparición de la URSS, la carrera por la conquista de la galaxia era obsoleta. Así que, convencido de que su gran obra, la que lo catapultaría a la estratósfera de la historia, sería sacar a la especie humana de este planeta y ponerla a colonizar otros escenarios. Su primera idea fue comprarles a los rusos cohetes que estaban prácticamente en desuso. Viajó a Moscú y se vio con científicos de la era soviética que lo emborracharon con vodka y quisieron tumbarle unos cuantos millones de dólares. Al fracasar este negocio, lo que le quedó claro es que, si quería marcar diferencia, tenía que fabricar él mismo los cohetes. Por eso creó Space X. Se fue a un atolón en la Polinesia e hizo, entre el 2004 y el 2007, cuatro intentos de despegue de cohete. Ninguno funcionó. Los socios de Tesla y sus otras empresas —que entre otras se cuenta Pay Pal — se mostraron preocupados. Es que Musk demostraba que no le importaba nada, si tenía que quebrar lo haría, pero los viajes espaciales los tendría que hacer.


El escritor argentino Michel Nieva es uno de los primeros pensadores en poner en la palestra algo que está pasando: los anarcocapitalistas se inspiraron en la ciencia ficción para hacer realidad sus deseos más locos, sus viajes interestelares, incluso la posibilidad de vivir eternamente, ya sea curando sus cuerpos con la medicina más top o simplemente poniendo en una supercomputadora su consciencia, para que esta viva por siempre. Pero lo que más preocupa es que esta necesidad de Musk de salvar a la especie humana de la inevitable destrucción del planeta: los astrónomos estiman que en cualquier momento del futuro el sol terminará tragándose a la tierra, sea la de salvar a los pocos megamillonarios que puedan pagar su viaje espacial y condenar al resto de la humanidad. Musk siempre temerario en sus proyecciones, cree que para 2030 existirá la primera colonia de humanos en Marte y que veinte años se tardará en construir la primera ciudad.


Él lo verá todo porque, a sus 55 años, cree tener el tiempo suficiente como para crear una cura para la muerte. Los cuatro primeros cohetes fallaron, pero, así no nos guste demasiado todo lo que representa Musk, es un tipo terco, un tipo que nunca se rinde, y que es amante del riesgo y del estrés.  Space X vale 350.000 millones de dólares y es una de las empresas que ha puesto al sudafricano como uno de los tres hombres más ricos del mundo. Las cuentas no nos dan, ningún humano ni siquiera ha puesto un pie en el planeta rojo, pero lo que sí podemos decir es que este hombre no se rendirá hasta encontrar una solución. La idea en los años ochenta de tener colonias espaciales era esperanzadora, ahora lo que se ve es como un paso más en la escala de la desigualdad social, un paso además determinante, darwinista: el que no pueda pagar el viaje, simple y llanamente morirá en la tierra.

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