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Laureano Gómez, el monstruo conservador, era un Álvaro Uribe de su época

  • Foto del escritor: Redacción Pares
    Redacción Pares
  • 6 jul 2025
  • 4 min de lectura

Por: Redacción Pares



Cuando en un debate Laureano Gómez quería desestabilizar a su rival, lo que hacía era bostezar. Un bostezo atronador que dejaba eco en cualquier recinto, un bostezo que se encadenaba a otros bostezos. El que se enfrentaba a él trastabillaba y, hábil, le rapaba la palabra en la indecisión y con su verbo arrodillaba a cualquiera. Laureano Gómez era el canciller de Mariano Ospina Pérez el 9 de abril de 1948, cuando asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán. Los liberales más radicales no dudan un instante en echarle la culpa a alguien que era llamado con los siguientes apodos: “El monstruo”, “Máquina infernal”, “El basilisco”, “Relámpago”, “Águila”, “Tempestad”, del asesinato del hombre del pueblo. Es cierto que ambos oradores eran los más enconados rivales en tarima, pero se respetaban. Darío Echandía le contó a Arturo Alape que, las pocas veces que Gaitán se encontró con Laureano, ambos se saludaban con respeto y admiración. Era tanto el juego limpio en la trasescena, que molestaba a miembros de ambos partidos tanto abrazo y saludo.


Dudo que Uribe y su némesis Gustavo Petro, en estos momentos del país se puedan dar un abrazo, pero ambos se han sentado en la misma mesa y, de lejos, se respetan. Álvaro Uribe arrancó en la política siendo liberal, pero en su concepción moral es conservadora a ultranza, firme custodio de las buenas costumbres y la moral católica. En este momento, libra un juicio del que difícilmente saldrá vencedor, pero jamás se le ha podido comprobar nada, a pesar de que ha hecho cosas tan terribles como, por ejemplo, burlarse de las madres de Soacha y negar el conflicto colombiano. Laureano, por su parte, en 1939, poco antes de que Hitler invadiera a Polonia y desatara la Segunda Guerra Mundial, promovió una Noche de los cristales rotos, una copia de la andanada nazi contra los negocios de los judíos en Alemania, en Bogotá: en una sola noche fueron destruidos la totalidad de los locales de hebreos en la capital colombiana.


La lengua de Laureano desataba tempestades y hacía caer presidentes. A Marco Fidel Suárez se le murió su hijo súbitamente en Estados Unidos. Desesperado, el entonces presidente, mandó a traer su cuerpo con plata del Estado. El senador Laureano lo fustigó, calificó su acción como de “indignidad” para el país y lo hizo renunciar. Lo odiaban, pero también lo amaban. En el año 2010, la ola invernal destruyó el municipio de Gramalote, en Norte de Santander. Lo primero que evacuaron sus habitantes fue el busto de bronce de Laureano, quien había muerto 45 años atrás.


Sobre Laureano se ha dicho mucho y uno de los mejores retratos de él, lo hizo en pocas líneas el expresidente Guillermo León Valencia: “Formidable este Laureano Gómez. Como una racha huracanada, firme, impasible y sonoro como un yunque propio para forjar los más finos montantes, las mejores corazas, las más audaces quillas. El hombre tempestad, a quien solo se puede amar u odiar. Que deslumbra y hiere como el rayo y con el trueno de su voz hincha y colma las sordas oquedades del abismo y del pecado”.


Uribe también es persistente. A sus 74 años está muy lejos del retiro. Ha tenido un año bastante duro en donde tuvo que combinar las campañas políticas con el desgaste que conlleva un juicio como el que se enfrenta, acusado de manipular testigos, pero que tiene, además, señalamientos aún más terribles como el de ayudar a formar un grupo paramilitar. Durante los ocho años que duró la presidencia de Santos Uribe hizo política a lo Laureano, apuntando a la calumnia, a la fake news, imponiendo la teoría espuria del “castrochavismo”. Su director de campaña durante el referendo que debía aprobar la paz con las Farc, Juan Carlos Vélez Uribe, reconoció cuál fue la estrategia del uribismo en el referendo: sacar a la gente a votar emberracada.


Es curioso que, con Gustavo Petro como presidente, Uribe Vélez no hubiera hecho gala de una de las prerrogativas del laureanismo, el régimen de la amenaza, una narrativa que impuso el expresidente en la época de Santos. Sobre esto dijo, en su momento, Lleras Camargo, refiriéndose a los señalamientos de Laureano: “Es el régimen de la amenaza (…) Guerra civil si el candidato elegido no es satisfactorio para el conservatismo. Guerra civil si no se deroga la constitución de 1936. Guerra civil si no se acaban las garantías a los trabajadores de Colombia. Guerra civil si no se deja, al fin, que el Partido Conservador gobierne la república a su antojo (…) La guerra civil no la van a ganar los conservadores sin hacerla. No entregamos nada a una amenaza. No por jactancia, ni por ferocidad, ni por terquedad, sino porque una república se hace invivible cuando los extorsionadores se convierten en amos”.


Álvaro Gómez, uno de los hijos de Laureano, un político brillante, jamás pudo ser presidente justamente por el estigma de su padre. Como bien lo retrata uno de sus rivales políticos: Ernesto Samper, Álvaro Gómez era un demócrata, un estadista reposado, un hombre que en sus últimos años llamó desesperadamente a la paz. En ese sentido Uribe Vélez es más hijo de Laureano que el propio Álvaro. Es el digno sucesor de un hombre que nunca dio un debate por perdido, que despertó amores y odios, y que fue el único presidente que sufrió un golpe de Estado. Laureano le echó maíz a una guerra que hoy tiene más de setenta años, una guerra que Uribe Vélez tampoco supo ni quiso resolver en una mesa de negociación, cuando fue presidente. Ambos hicieron política con la sangre ajena. Ambos usaron el odio como estrategia de campaña. Todo hay que decirlo, a ambos les funcionó.

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