Si eres colombiano necesitas conocer Aracataca: estas son las razones
- Iván Gallo - Coordinador de Comunicaciones

- 12 ago 2025
- 3 min de lectura
Por: Iván Gallo Coordinador de Comunicaciones

Es fácil llegar a Aracataca. Desde Santa Marta se debe tomar un bus y, en 90 minutos, está en ese lugar que alguna vez fue descrito como una región encantada. En cada esquina hay murales de Gabriel García Márquez. No necesitan haber leído por completo su obra ni reseñarles que los más grandes críticos del mundo creen que Cien años de soledad es una obra más importante incluso que El Quijote. Ellos se conforman con saber que Gabito es uno de los trece hijos que tuvo el telegrafista.
Aracataca es un destino turístico improbable. No cuenta con una infraestructura hotelera acorde con su importancia literaria, hay problemas con el agua, se va seguido. También hay problemas con el servicio de energía eléctrica, pero bueno, eso no debe ser inconveniente si debes estar dos noches en Macondo. Si vas al parque un jueves en la noche podrás contemplar una iglesia construida en 1903, que parece la más clara declaración de sincretismo en América Latina. Sus agujas apuntan al cielo, como si recordara los años de Bizancio, es blanca como la punta de la Sierra Nevada y al frente está, en bronce, una estatua de García Márquez escribiendo en una máquina. En esa plaza central también está el niño con la cola de cerdo, el último de los Buendía, con el que termina Cien años de soledad y, de paso, cumple la profecía de Melquiades que advertía sobre el peligro del incesto. A la vuelta de la iglesia está la Casa del Telegrafista, el lugar donde trabajaba Gabriel Eligio García, el papá del nobel, y una de las casas más bellas que tiene el municipio.
A dos cuadras de la iglesia está la casa natal de los Márquez. La edificación, según nos cuentan los orgullosos vecinos, ha cambiado desde 1952, fecha en la que Gabo regresa con su mamá, Luisa Santiaga, a vender la casa que compró alguna vez el abuelo del escritor, el coronel Nicolás Márquez. Sabemos que fue la referencia para muchos de sus personajes, y que el haberlo perdido, cuando tenía ocho años, marcó su ida de Aracataca y el comienzo de otra vida. A sus biógrafos, Gabo siempre los ha despistado con este dato: “A mí me dejaron de pasar cosas hasta los ocho años”. Para los que afirman que se olvidó de Aracataca, esto es una reconvención. Para Gabo, lo más importante sucedió en Aracataca.
Los turistas podrán ver la única parte que permanece intacta en la casa, y es el cuarto de los Guajiros. Ahí están los mismos pedazos de tabla con la que se construyó la casa hace 120 años. Hay un pivijay hermoso cuyas raíces siguen moviéndose, pero no hay que confundirlo con el árbol donde fue amarrado José Arcadio Buendía, después de convencer a la familia y a Macondo de que sus invenciones y conocimientos habían superado los límites de la razón humana. Ese era un castaño “que fue asesinado” —el término lo usó uno de los cuidadores de la casa— por un rayo, hace más de veinte años. El árbol que queda apenas tiene noventa.
Noventa años tienen muchos señores que pasan sus tardes en sus mecedoras, en las entradas de las casas. Ellos son felices si uno se acerca y les pregunta por Gabo. Alguno podrá recordar la época, a mediados de los años cincuenta, cuando el escritor regresó al pueblo por temporadas, decidido a descansar después de vender por toda la región enciclopedias. En esas correrías lo acompañaba Rafael Escalona, su amigo infatigable. Si está con suerte, uno de esos señores podrá recordar alguna rumba con Gabo, a punta de ron caña, un antiguo trago de la región.
A dos cuadras de la casa museo está un camellón recientemente construido, en donde los cataqueros pasan sus tardes de sofoco, que conecta con la legendaria estación del tren en donde ya no se detiene. Pero, eso sí, dos veces por día se ven los vagones llenos de carbón pasar por el pueblo desde el Cerrejón. De la estación, está a 100 metros de un río de aguas cristalinas y piedras tan grandes como huevos prehistóricos.
Pero el viaje no termina acá. Los japoneses dicen “Un pueblo no puede tener gente mala si tiene buena comida” y la sazón de Aracataca —sus fritos, sus jugos— son maravillosos. Aracataca ahora tiene festival. Desde este 2025, arrancó y su gastronomía deleitó a los cientos de visitantes que llegaron entre el 2 y el 3 de agosto. Aracataca merece una oportunidad de ser conocida. Si está en Santa Marta no se la pierda. Más allá de los murales de Gabo, de su casa, de una iglesia de agujas que apuntan al cielo, de sus atardeceres de rojo furioso y de su cercanía con la Sierra Nevada, hay que darse el gusto de conocer a la gente que vive en Macondo. Esa gente es Colombia.




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