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Y Aracataca volvió a ser el centro del mundo: crónicas de un festival que llegó para quedarse

  • Foto del escritor: Iván Gallo - Coordinador de Comunicaciones
    Iván Gallo - Coordinador de Comunicaciones
  • 4 ago 2025
  • 3 min de lectura

Por: Iván Gallo Coordinador de comunicaciones




Sobre las dos de la tarde del 3 de agosto pasado, frente a la casa que alguna vez fue del coronel Nicolás Ricardo Márquez, se desató un aguacero de proporciones bíblicas. Las sombrillas de los vendedores que se habían apostado en la calle formando un bazar, empezaron a volar. Con suma tranquilidad se fueron cubriendo con plástico los libros, vinos de corozo, prendedores para el pelo, separadores de páginas y niños con cola de cerdo de porcelana que habían sacado para venderle a los visitantes que llegaron a Aracataca para ser parte del primer festival Macondo. Frente a la casa donde García Márquez vio sus primeros fantasmas, nos hicimos debajo de un maíz-totao, un árbol de hojas gruesas cuyas semillas habían sido traídas desde La Guajira, a comienzos del siglo XX, y que son capaces de aguantar la canícula puntual del mediodía y los espontáneos temporales. En Bogotá, ciudad de donde vine, un aguacero es una tragedia, todas las ilusiones se apagan. En Aracataca es solo otro momento para divertirse. Los niños salen descalzos a correr por entre los charcos e incluso vi cómo tres nietos tomaron a su abuela octogenaria de la silla de ruedas y la pusieron a pasear por la calle principal, despertando en la señora algo parecido a una sonrisa.


La mayoría de las personas con las que nos refugiamos de la lluvia, el abogado Fernando Álvarez, el poeta Federico Díaz Granados, el guardián de la biblioteca Remedios La Bella, Ancízar Vergara, coincidían en que ver llover en Macondo no solo era un acto de justicia poética, sino que era un buen presagio. Durante dos días, las ferias gastronómicas, cuyos protagonistas fueron los cocineros locales, coparon el Camellón del 20 de julio, un paseo de doscientos metros que comunica al centro del municipio con la estación donde alguna vez se paraba el tren. Los emprendimientos de artesanos locales se apostaron justo frente a la casa museo en donde expusieron su arte. Se realizaron conversaciones en la Casa del Telegrafista sobre García Márquez y el periodismo, sobre la mujer en el universo de Gabo y también se habló de su cine. Los niños participaron en un concurso de cuento. La concha acústica recibió a artistas como Adriana Lucía, Sistema Solar, Jacobo Vélez y la Mamba Negra, Edson Velandia, y la agrupación Duna, compuesta por arhuacos que quieren recuperar un ritmo que los acompaña desde antes de la conquista: el Chicote. Se presentaron, además, el legendario cumbiero Carmelo Torres, y artistas locales como John Santoya. Las puertas de la concha acústica se abrieron desde las seis de la tarde y se cerraron hasta las cuatro de la mañana. Fue una fiesta que se vivió en paz, con la alegría de dos mil quinientos cataqueros que pudieron ver cómo sus ídolos de materializaban, se convertían en personas de carne y hueso.


En los dos días que duró el festival se hicieron actividades académicas como un conversatorio en el que se invitaron a personajes como los periodistas como Darío Fernando Patiño, Alejandro Santos y Jaime Abello, fundador del instituto Gabo. Nos acompañó la escritora cartagenera Teresita Goyeneche quien habló de su libro La personalidad de los pelícanos y León Valencia lanzó su última novela La vida infausta del negro Apolinar.


Con el apoyo de la Gobernación del Magdalena, la gestora cultural Catalina Valencia está empezando a caminar hacia la celebración de los 100 años de Gabo en 2027 y que tendrá como epicentro a Aracataca. Este festival fue solo el primer paso. La gente en Aracataca, desde artistas como John Santoya a personajes representativos como Emilio Ortega, quien encarna, frente a la casa donde nació Gabo, al coronel Aureliano Buendía, con su uniforme cerrado, inmune al calor y a los mosquitos, empieza a hacer propia esta iniciativa. Desde ya, empieza el conteo regresivo para que arranque el segundo festival Macondo.


Durante las primeras horas del festival, el sol estuvo esplendoroso, a veces furioso, un cielo límpido de atardeceres de rojo intenso cerraban el día en Aracataca-Macondo. Todo esto no fue más que la antesala de un diluvio parecido al que vio desde su puerta Isabel y que el niño Gabo escuchaba repiquetear desde el techo de zinc de su casa, como si Dios estuviera usando su máquina de escribir. Quedó en Aracataca un sentimiento que estaba ahí, dormido, y que ha despertado para quedarse y que no se sentía desde las visitas de Melquiades y sus huestes de gitanos: Macondo volvió a ser el centro del mundo.

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