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  • La injusticia contra Francisco Galán

    Quiero compartir con los lectores apartes de una carta que Francisco Galán le envió al ELN el 4 de agosto de 2011. Ahora Galán –junto a Carlos Velandia– está acusado del secuestro del kilómetro 18 ocurrido en el año 2000. Para ese tiempo estaba preso en la cárcel de alta seguridad de Itagüí pagando una condena de 27 años de cárcel que cumplió a cabalidad. No tenía mando al interior de la guerrilla, cumplía labores e promoción de la paz y, según los testimonios que he recogido entre funcionarios del gobierno de ese entonces, todas sus comunicaciones estaban vigiladas. Velandia estaba en la misma situación. El proceso no tiene ni pies ni cabeza, pero demorará mucho tiempo en resolverse. El presidente Santos tiene la posibilidad y la facultad de nombrar a Francisco y a Carlos gestores de paz, y con ello orienta la suspensión de las órdenes de captura y alivia la injusticia que se está cometiendo. La carta es una muestra fehaciente de su renuncia a cualquier actividad delictiva, y también una lúcida reflexión que aún hoy tiene vigencia como consejo para el ELN en sus complicadas negociaciones con el gobierno nacional. “Excompañeros: Comando Central. Mi saludo fraternal a ustedes y a toda la militancia del ELN. Les hablo desde mi experiencia, primero como combatiente y dirigente, después como prisionero e interlocutor de paz, ahora como ciudadano. Hace más de cuatro años abandoné las filas del ELN, en aquel tiempo tuve que tomar una decisión transcendental: abandonar la guerra. Ya hacía varios años desde la cárcel me venía haciendo interiormente muchas preguntas, que luego se me volvieron obsesivas cuando salí en libertad, señalo algunas: ¿es posible la toma del poder por las armas y la instauración de un gobierno del pueblo? Y me tuve que responder que militarmente NO. Inmediatamente me surgían las siguientes preguntas. ¿Y entonces qué sentido tiene la guerra? ¿Qué papel juegan las guerrillas frente a la renovación de la democracia? Luego pasé a las preguntas de tipo personal: si la guerra no tiene sentido, será que puedo militar en el ELN sin participar en la guerra? Y la respuesta de ustedes fue un rotundo NO. ¿Por qué he de seguir militando en el ELN? ¿Por conveniencia personal? ¿Por honor? ¿Qué van a decir mis compañeros si abandono la organización? Que soy un desertor. Y solo por dignidad sentí un horror al imaginarme esta acusación que se me vendría encima. Les he planteado este listado de interrogantes, porque creo que son las mismas preguntas que las organizaciones guerrilleras se hacen antes de tomar la decisión de ir a una mesa de diálogo, antes de pensar en un proceso real y definitivo de paz, lo demás es engañarse y aplazar una decisión que tarde o temprano se tendrá que tomar. Como ustedes saben, participé en todos los procesos de diálogo y paz que el ELN desarrolló con los sucesivos gobiernos desde el año 1991 hasta el 2007 y en todos siempre se mantuvo una constante: el ELN nunca tomó la decisión de abandonar la guerra antes de iniciar un proceso de paz, y esta decisión hipotéticamente la condicionaba a los resultados de los procesos de diálogo. Hoy no creo que sea posible un proceso de paz si no se toma primero la decisión por parte de la guerrilla de abandonar la guerra y buscar las formas de terminar bien el conflicto. ¿Por qué? Por varias razones: ha variado la correlación de fuerzas a favor del Estado, la guerrilla ha perdido legitimidad ante el pueblo colombiano, la gente está hastiada de la guerra y pide a gritos que cese el fuego y se abran las puertas a la democracia real, las armas son un estorbo para la democracia y el continente suramericano camina hacia la unidad de las naciones y la paz. Estén seguros de que están más solos en la guerra que en la paz. Aquí hay mucha gente trabajando por buscar una solución definitiva a este conflicto, yo creo que el presidente Santos tiene voluntad de trabajar por una salida pacífica. En este momento el país requiere su compromiso a favor de la paz y si me preguntaran les propondría lo siguiente: No propongan ningún proceso de paz, si no están preparados para abandonar la guerra, si no han tomado ya una decisión colectiva de buscar el final del conflicto, el país no aguanta más fracasos en materia de paz. No basta una mesa nacional de negociación, es necesario concretar la solución del conflicto en los territorios donde hoy el ELN tiene presencia. La guerra y la paz se hacen entre enemigos, no esperen un mejor gobierno. La resistencia es un disfraz de la derrota, es mejor asumir con dignidad cómo finalizar bien el conflicto. Todas las organizaciones violentas en el país están buscando cómo finalizar el conflicto, la guerra no tiene futuro. No hay democracias acabadas, pero esta democracia es mil veces mejor que la guerra y podría ser mucho mejor si ustedes participan en ella. Con afecto, Francisco Galán Bermúdez”. Columna de opinión publicada en Revista Semana

  • ¿Todo esto para qué?

    Después del anuncio de la semana pasada sobre el acuerdo del cese bilateral entre el gobierno Nacional y las FARC, dos cosas son claras. Lo primero es que el proceso de paz ya es irreversible, estamos a algunas semanas de que se firme. Lo segundo es la imagen del jueves 23 de junio. Por un lado, el Presidente Santos apareció con seis mandatarios de la región. El presidente de El Salvador, quien además fue guerrillero en su momento, Sánchez Cerén, también hizo presencia, así como Peña Nieto, presidente Mexicano, entro otros. Aparecía también el Secretario de Naciones Unidas Ban Ki-Moon, y en general toda la comunidad internacional estaba pendiente de lo firmado en La Habana. En Colombia, se dio la otra imagen, Álvaro Uribe Vélez, ex presidente colombiano y actual senador del Centro Democrático, quien apareció en un aeropuerto solo y al lado de un baño, hizo un pronunciamiento en contra del proceso de paz. Esa imagen muestra lo que significó la firma del pasado 23 de junio. Así, en Colombia hay tres posturas sobre lo que significará para el país la firma del acuerdo general en algunas semanas. Por un lado, el uribismo no quiere el proceso y le va a seguir apostando al fracaso, lo cual se debe a varias razones. Por ejemplo, una buena parte de los militantes del Centro Democrático son personas que se beneficiaron del despojo de tierras, es decir, de las 6 millones de hectáreas despojadas a campesinos. La ley les favorece y los llama terceros de buena fe y saben que si hay proceso de paz les toca devolver la tierra despojada. El Fondo ganadero de Córdoba es un buen ejemplo. Obviamente en esto también hay un tema de sobrevivencia política. No debe olvidarse que el uribismo centró su discurso político apostándole al fracaso del proceso de paz y a denunciar que al pueblo colombiano no se le iba a consultar sobre los acuerdos. Lo cierto es que sí hay paz y sí habrá plebiscito. Pero al final del partido, este sector no quiere la paz por miedo a perder privilegios ganados durante los años de conflicto. La segunda postura es la de las élites urbanas y las élites nacionales. Aquí la cosa se pone más compleja. Las élites urbanas y nacionales están felices porque según ellos lograron quitarse las FARC de encima a muy bajo costo. Para ellos, la paz debe tener un precio bajo, debe salir gratis, es decir nada de cambios, nada de grandes trasformaciones y nada nuevo. Entienden la paz como unas pequeñas reformas; cambiar algo para que todo siga igual. Por eso pregona que no está en juego el modelo económico, que no se cambiarán las condiciones para la inversión extranjera, que la minería va viento en popa. Y, mientras en La Habana hablan de favorecer campesinos, en Colombia aprueban leyes para desalojar campesinos y darles la tierra a los grandes propietarios, o qué son las Zidres sino un mecanismo para la gran propiedad. De hecho, están tan felices que ya se están repartiendo los territorios afectados por el conflicto. Es tanto el descaro, que si no es por la protesta en redes sociales habrían entregado Caño Cristales, aquella maravilla de la naturaleza, a la explotación petrolera. Hay una tercera postura que aún no coge fuerza, pero que sería o tendría que ser liderada por organizaciones sociales y políticas; tener una paz con grandes cambios. Es decir, aprovechar el proceso de paz, como una oportunidad para cambiar al menos cuatro cosas. 1. El órgano electoral; suprimir el Consejo Nacional electoral y crear unas instituciones des-politizada e independientes con presupuesto propio, dividir las funciones de la Registraduría Nacional, que hasta hoy, inscribe cédulas, organiza elecciones y cuenta votos, algo terrible para una democracia. 2. Reglamentar el tema de cupos indicativos o mermelada y la forma de hacer política en las regiones. 3. Crear un banco de tierra con por lo menos 10 millones de hectáreas, y 4. Avanzar hacia la formalización de la propiedad campesina y acceso a la tierra de por lo menos un millón de población rural. Así, que o aprovechamos esta oportunidad para conseguir grandes cambios y avanzar hacia una Colombia democrática y equitativa, o seguimos encarretados viendo partidos de fútbol y realities absurdos y dejamos pasar la oportunidad.

  • Establecidos y recién llegados

    Para mí también fue triste, fue conmovedor, recibir la noticia de que los ingleses habían votado a favor de la separación de la Unión Europea. No fue la primera impresión con los titulares de los periódicos. Hasta ahí el acontecimiento me parecía indescifrable y lejano. Pero después vi a una mujer llorando por el hecho en algún canal de televisión y sentí su desolación y empecé a pensar en los motivos de la decisión. No hay un gran secreto en este evento. La mayoría de los ingleses no quieren compartir su casa. Claro, se privan también de que sus vecinos europeos compartan su hogar con ellos y eso decían las lágrimas de la mujer que alcancé a ver en medio de una muchedumbre que en los días que siguieron a las elecciones salió a las calles a protestar por los resultados. Es otra cresta de la ola contra las migraciones que crece y crece en un mundo otra vez desconcertado por los ataques terroristas; por la pérdida inexorable de puestos de trabajo; por el flujo inmenso de personas que saltan las fronteras buscando alivio a los dolores de la guerra o la punzada infame del hambre; por la ansiedad humana, aún latente, aún tímida, de abrazar otras razas, de acariciar las diferencias. El problema apareció ante mis ojos hace muchos años en un ensayo de Norbert Elias que en algunas traducciones figuraba con el mismo título de esta columna. Allí el sociólogo alemán habla de una comunidad suburbana en la que residían personas con un viejo arraigo y personas que recién llegaban. El estudio explora las actitudes de unos y otros, ve la superioridad manifiesta de los primeros, la condición inferior, villana, que le atribuyen a los nuevos, la marginalidad a que los someten. Describe desde un pequeño mundo la polaridad que se gesta en la convivencia entre diferentes, muestra en un lenguaje de maravilla cómo los establecidos se van atribuyendo un cúmulo de virtudes morales, raciales, culturales, al tiempo que van despojando poco a poco a los otros de la condición humana, de la igualdad que la vida, la larga vida, que ha venido con la evolución milenaria, les ha concedido. Logra Elias prefigurar en un microcosmos los agudos conflictos que en la modernidad se han tejido en el encuentro entre negros y blancos; católicos, protestantes, musulmanes y judíos; gentes adineradas y de apellidos y pobres sin historia y abolengos; países desarrollados y ricos frente a pueblos en una afanosa búsqueda de su identidad y sus recursos; en fin, la larga y enorme disputa entre distintos que agobia al universo. Después, muchos años después, empecé a leer a Zygmunt Bauman y con ese humanista entrañable, con ese viejo sabio que ha vivido todos los dolores, las rupturas, las tragedias innombrables de la Europa del siglo XX, encontré una luz de esperanza en lo que él llama ‘la hospitalidad’, el obligado destino hospitalario de su continente. Decía que: “Europa parecía saber qué era lo que quería y se preparaba para vencer al Goliat de la inevitabilidad con la honda davidiana de la voluntad. Solo ella se ponía a resolver los problemas tratados por el resto del planeta como irresolubles, por ejemplo, la convivencia cotidiana con la otredad, sin demandar al otro que renuncie a ella”. Señalaba que Europa, un conglomerado de países pegados por su geografía, todos a distancias cortas, pero signados por una enorme diversidad histórica, religiosa y cultural, podía lograr el ideal de ‘la hospitalidad’, saltar de la unidad de las naciones a la libre circulación y convivencia de los seres humanos y tenía la obligación de transmitir este propósito al mundo entero. No pasa por un buen momento este ideal. No es solo la sorprendente votación adversa a la unidad europea que hicieron los ingleses. Son las inmensas y dolorosas barreras que están levantando en todo el continente contra los árabes. Es el alevoso discurso de un candidato a la Presidencia de los Estados Unidos que ha logrado calar hondo con su desafío a los negros, a los latinos, a los migrantes, a las minorías sexuales, a las mujeres. Y en esta larga semana, mientras pensaba en el mal momento de Europa, participaba en discusiones del país que tienen todo que ver con esto de acoger a los diferentes, de darles cobijo en la democracia, con la urgencia de empezar a incluir regiones y personas en la vida institucional y en las economías legales de nuestra nación. Abrir las puertas para terminar la guerra. Poner en marcha un nuevo país, un país hospitalario. Quedé con un sabor amargo en la boca. No pocos dirigentes políticos y generadores de opinión, incluso amigos con los que he compartido ideas y luchas, y que han sufrido marginalidad y discriminación, se pusieron en la actitud de ‘establecidos’ que describe Norbert Elias en su famoso ensayo. Argumentos de superioridad, argumentos morales, contra el que quiere llegar. Columna de opinión publicada en Revista Semana

  • Mataron la paz de Uribe

    Salió a decir Uribe –después del acuerdo sobre el cese al fuego y a las hostilidades bilateral y definitivo, el plebiscito y la dejación de las armas, alcanzado en La Habana este 23 de junio– que su idea de paz estaba herida. No se dio cuenta de que estaba muerta. La mataron Santos y las Farc con sensatez, con realismo, con una paciencia digna de admirar. Voy a resistir la tentación de explicar punto por punto los trascendentales acuerdos entre el gobierno y las Farc. Las partes ya lo están haciendo y quizás en esto se empeñarán muchos columnistas. Quiero hacer algo más lejano a los lectores y quizás más complicado. Intentaré mostrar por qué no fue posible la paz en el Caguán y por qué tampoco ha sido posible la paz de Uribe. Tal vez esta columna aplaque un poco la conciencia de Andrés Pastrana y alivie la ansiedad vertiginosa de Álvaro Uribe y sus seguidores más fervientes. En La Habana he oído comentarios muy duros, muy desobligantes, muy tristes, sobre Pastrana. A la vez el expresidente no escatima esfuerzos para atacar las actuales negociaciones de paz y salió a confrontar el acuerdo logrado con una diatriba igual o más amarga que la de Uribe. Pero el error de Pastrana hace 16 años fue no haber comprendido a cabalidad las apreciaciones y pretensiones de las Farc. No le bastó la generosidad con que encaró el proceso. En aquel entonces la guerrilla tenía la iniciativa y le había propinado 17 grandes derrotas consecutivas al Ejército, estaba convencida de que podía ganar la guerra; creía, además, que Pastrana les debía la Presidencia porque la inclinación manifiesta de Manuel Marulanda a favorecerlo como candidato había hecho la diferencia en una dramática segunda vuelta electoral. Con estas ilusiones a cuestas las Farc fueron a la mesa de negociaciones a buscar una paz revolucionaria, un gobierno compartido, una reforma profunda a la vida económica y a todas las estructuras políticas del país. En los diez puntos de su plataforma política hablaban de un gobierno de amplia participación nacional. En términos precisos esto significaba un régimen de transición que muy pronto se convertiría en una revolución triunfante. Eso, desde luego, no era posible, la correlación de fuerzas no les daba, no tenían un gran respaldo en las ciudades, no había un alzamiento urbano, una protesta generalizada en los grandes centros poblaciones, condición sine qua non de una revolución. Las Farc tensaron la cuerda hasta que se rompió, hasta que Pastrana consternado se paró de la mesa de conversaciones y se dedicó a rumiar su fracaso. Paradójicamente, Uribe ha alimentado su visión de la paz con los mismos ingredientes de aquellas Farc. También creyó que había derrotado al enemigo, que las Farc estaban vencidas, que su única alternativa era entregar las armas, declinar cualquier pretensión de participación política y someterse a la cárcel. Uribe entonces se dedicó a pregonar una paz imposible, una propuesta de paz que significaba de manera clara y tajante la continuidad de la guerra. Lo hizo durante sus dos mandatos y por eso ni llevó a las Farc a la mesa de conversaciones ni pudo lograr un acuerdo con el ELN en largas jornadas de negociación. Lo ha hecho después de salir del gobierno y lanzarse a la oposición buscando afanosamente acabar a como diera lugar con las negociaciones de La Habana. Las Farc acosadas, golpeadas, pero lejos de la derrota y la disolución, lejos de su tumba, están firmando la paz posible, una paz con cambios mínimos, una paz con tribunales de justicia, con responsabilidad enorme con las víctimas, con censura implacable a las agresiones a la población civil, al secuestro, al involucramiento con el narcotráfico. Pero, a la vez, una paz con un gran respaldo internacional, con el reconocimiento de un indiscutible estatus político, con la posibilidad de transformarse en un partido de izquierdas y competir con garantías en el escenario electoral. Un acuerdo de paz que abre las puertas a la normalización de la democracia. El jueves pasado las partes en La Habana enterraron la paz revolucionaria, la paz que nace de un empate militar manifiesto o de un alzamiento armado triunfante; y enterraron también la paz que surge de la derrota y la disolución de una guerrilla, la paz de un Estado victorioso que puede dictar las órdenes a su adversario vencido. Estamos ante una paz convenida entre fuerzas desiguales que se han dado cuenta de que prolongar la confrontación trae solo más dolor y más tristeza. Nota. Es un grave error de la Fiscalía -ojalá no malintencionado- la orden de detención para Carlos Velandia y Francisco Galán. Los acusan de participar en el secuestro múltiple de la iglesia La María en el año 2000 cuando ellos purgaban largas condenas en la cárcel de Itagüí. Hubiera bastado que llamaran a funcionarios del gobierno de ese entonces que sabían de sobra que estos guerrilleros no tenían mando alguno y solo hacían de gestores de paz. El presidente Santos debía retornarles el papel de promotores del acuerdo con el ELN y librarlos de la cárcel.

  • Los reversazos de Peñalosa

    El cambio de posición en el caso de Rosa Elvira Cely es, quizás, el reversazo más notorio, el más comentado. La noticia apareció así en los diarios: “El secretario de Gobierno, Miguel Uribe, ofreció disculpas a nombre del Distrito por el concepto emitido por la oficina jurídica de la entidad que dirige, en el que se culpaba a Rosa Elvira Cely, símbolo de la lucha contra la violencia de género, por su muerte ocurrida en mayo de 2012”. No era para menos. El gobierno distrital había dicho ante despacho judicial que: “Rosa Elvira puso en riesgo su integridad y vida, hasta el punto que Javier Velasco le cercenó su existencia; si ella no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en las horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte”. El grave litigio con la opinión pública que acosó y avergonzó al alcalde y a su secretario de Gobierno a través de las redes sociales se resolvió enviando un oficio con el cambio de opinión y pidiéndole la renuncia al funcionario que había representado al Distrito en la instancia judicial. Pero quedó el sabor amargo de una improvisación en un acontecimiento tan dramático. También se vio obligado Peñalosa a variar su posición en la disputa con el gobernador de Cundinamarca sobre el tren de cercanías que saldrá de Facatativá y entrará a la ciudad capital. Había tachado estos trenes como juguetes muy costosos, había ido más lejos nombrándolos como “un cáncer”, para declinar muy pronto su actitud y aceptar que es un proyecto necesario y urgente para la movilidad de una población aledaña a Bogotá. Con la cultura el gobierno distrital ha tenido agudas controversias que se han resuelto a favor de sus contradictores. Primero dijeron que fusionarían los diversos festivales de Música al Parque y entonces Toño Arnedo, Cesar Pagano y una legión de críticos y de orquestas alzaron la voz y lograron que desistieran de esta locura que solo tenía como argumento disminuir unos gastos. Después salieron a decir que la Cinemateca, que estaba aprobada y financiada, ya no iba. Se vino la avalancha en redes sociales y grandes maestros de nuestro cine como Luis Ospina, Felipe Aljure, Sergio Cabrera y Ciro Guerra se pusieron al frente de la protesta y más de 5.000 ciudadanos firmaron una petición que llevaron al Concejo para pedirles a los ediles que no patrocinaran semejante despropósito. Ahí paró la idea. No había pasado una semana y el nuevo drama eran los técnicos del Jorge Eliécer Gaitán. El 2 de junio les pasaron una carta diciéndoles que no iban más después de 10 o 15 años de trabajo. Alejandra Borrero, María Cecilia Botero y cientos de artistas de las artes escénicas salieron en videos a protestar por el atropello. Por fortuna lo lograron. Menciono algunos más. El metro en el que son incontables los reversazos y ya no sabemos en que terminará. Desde haber dicho siempre que los metros eran cosa del pasado y no representaban ninguna solución, hasta una aceptación a medias del sistema de metro para la ciudad con sus principales tramos elevados, sin estudios de suelo, de ingeniería y de costos. Los mercados campesinos que quería acabar y no pudo. La educación donde habló de la “verdadera” jornada única y va a hacer una versión demasiado parecida a la de Petro y prometió 35.000 cupos en educación superior y los ha reducido a 25.000. Veremos qué pasa con la venta de la ETB o con la decisión de urbanizar la reserva forestal Thomas van der Hammen, proyectos en que ha empeñado su nombre y que reciben críticas de todos los lados. Y una cosa que nunca he podido entender: los cambios en su hoja de vida académica. No era necesario ni ahora ni antes que Enrique Peñalosa proclamara o insinuara un ‘doctorado’, su Alcaldía exitosa a finales del siglo pasado y sus logros en otros campos eran argumentos suficientes para presentar su candidatura a uno u otro cargo del Estado. ¿Por qué hacer esto para luego explicar y retroceder? Todos estos cambios de opinión al vaivén de las redes sociales, de las protestas sociales o de la interferencia de grupos de presión no son necesariamente negativos, es más, algunos son muy positivos, pero son especialmente relevantes dada la imagen que se ha vendido de Peñalosa en todas las campañas políticas. Se ha dicho siempre que es un hombre de convicciones tan firmes, de tanto carácter, que raya en la testarudez. Que es un gerente que no deja nada a la improvisación. Que es un mal candidato, pero es un buen gobernante, porque siempre dice lo que piensa y no hace concesiones así esto le cueste en la popularidad. ¿Tenemos ahora al mando a otro Peñalosa? ¿O es el mismo y se nos ha vendido una imagen falsa? ¿O serán las nuevas circunstancias de la vida política aquí y en todo el mundo cuando la ciudadanía tiene en la redes sociales y en la democracia deliberativa herramientas claves para influir en los gobiernos? Que juzguen los lectores. Columna de opinión publicada en Revista semana

  • Lo que hay detrás de la recolección de firmas de Uribe

    La recolección de firmas contra las negociaciones de paz y contra la refrendación de los acuerdos no es un evento más de las fuerzas uribistas, es la última y más intensa batalla para evitar el cierre del conflicto armado.Quienes pensaban que al final Uribe cedería, que en el momento cierto de los acuerdos entraría en razón y con algunas objeciones se sumaría al proceso, se han equivocado. Uribe rechaza cada mano que le tienden y perfecciona su mensaje para no dejar ningún resquicio, ninguna posibilidad de acercamiento. A la invitación a dialogar que le hicieron de la mejor manera Timochenko y Álvaro Leyva, en cartas separadas, respondió con la consabida retahíla de reclamos a la negociación. No había allí el mínimo indicio de que en algún momento pudiera acceder a una conversación directa con los jefes de las Farc. Al tiempo, en la primera salida a la calle, en Medellín, donde lanzó la campaña de recolección de firmas, marcó el terreno con consignas precisas que no dejan margen para la duda, que van directo a la esencia de la negociación, que apuntan a derrumbar todo lo acordado. Dijo Uribe: “Firmamos porque no estamos de acuerdo en que en los acuerdos (sic) de La Habana a secuestradores, narcotraficantes y violadores de niñas no se les lleve un día a la cárcel y además se les de elegibilidad política”. Después arremetió contra el plebiscito y señaló que no concurrirá a votar Sí o No a la paz porque esa no es la pregunta que se debería hacer. El 3 de junio, un día antes de esta salida a la calle, en el recinto de la Asamblea Departamental de Antioquia, en un foro para hablar de los acuerdos de La Habana, Rafael Nieto y José Obdulio Gaviria, notables voceros del uribismo, se fueron lanza en ristre contra el mecanismo de refrendación. Y Gaviria, ante la pregunta sobre una posible reunión entre Uribe y Timochenko, respondió que quizás cuando el jefe de las Farc estuviera en la cárcel de Itagüí purgando una larga condena podría el expresidente, por caridad, visitarlo. Estas declaraciones, estas consignas, son de una astucia infinita. El llamado a que la paz tenga como condición la cárcel para las Farc y la prohibición de la postulación electoral para sus jefes llega con una facilidad enorme a la gente y ataca los cimientos de la negociación. Es un mensaje perfecto para su propósito. El llamado a encarcelar a los guerrilleros y la petición de sacarlos del escenario político hace eco de todos los odios, de todos los rencores, de todas las venganzas, va directo al corazón de muchos colombianos y entra en la memoria como algo natural, como un postulado que tiene muy poco que discutirle. Es de una eficacia comunicativa insuperable. Y tiene en su cocción el perverso ingrediente que haría imposible cualquier negociación de paz. Ninguna guerrilla con algún control territorial, con armas considerables, con apoyo social en algunas zonas, con demostrado poder de perturbación política y militar, con rentas económicas indiscutibles, se sienta a una mesa de negociación para salir de allí con esposas en sus manos hacia una cárcel segura. Una guerrilla que ha estado más de 50 años en el monte exigiendo un espacio para convertirse en partido político no aceptará –mientras tenga alguna capacidad de presión, mientras no esté totalmente rendida y disuelta– la alternativa de inhibirse electoralmente. La estrategia es muy buena. Aprovechan la baja popularidad de Santos y las broncas que mucha gente les tiene a las Farc y declaran a voz en cuello que el presidente le ha hecho concesiones inadmisibles a la guerrilla. Dicen que están por la paz, pero no a cualquier precio, que su objeción es la impunidad, que Santos le está entregando el país a la insurgencia, que la refrendación es ilegítima, que buscarán el desconocimiento de los acuerdos mediante la resistencia civil. El objetivo es acumular firmas, eventos, acciones, acudir a las redes sociales y a los medios de comunicación, mover a los jóvenes y a las señoras bien vestidas de las clases medias y de los estratos altos de algunas ciudades, a gente que vive en el exterior, en Miami por ejemplo, para hacerse a un mundo propio que les permita no concurrir a la refrendación y situarse por fuera de las acuerdos, no dejarse contar en las urnas, no concederle ninguna legitimidad a lo pactado en La Habana. Tengo la impresión de que ni el gobierno y los partidos que lo acompañan, ni las Farc, ni la izquierda y las organizaciones sociales que apoyan las conversaciones de La Habana se han dado cuenta de lo eficaz y peligrosa que puede resultar la estrategia de Uribe en este último tramo de las negociaciones de paz. Con Uribe no se pueden descuidar. El susto de la campaña presidencial de 2014 puede repetirse. Más les valdría terminar de cocinar los acuerdos en menos de un mes y concentrarse en la batalla contra el uribismo y en una gran campaña conjunta por la refrendación. Columna de opinión publicada en Revista Semana

  • El ELN y la cruz del secuestro

    Al momento de escribir esta columna el ELN no ha aceptado que tiene en sus manos a Salud Hernández-Mora y a los periodistas Diego D’Pablos y Carlos Melo de RCN Televisión. Pero las miradas del gobierno y de la Iglesia se dirigen a esta guerrilla que ostenta una gran presencia en la zona donde desapareció Hernández-Mora. Han pasado cinco días desde cuando la veterana periodista fue vista por última vez en Filogringo, un paraje del municipio de El Tarra en Norte de Santander. En estos días he sentido miedo, mucho miedo, a que algo malo le pase a Salud, a Diego o a Carlos. Por ellos, especialmente, pero también por el futuro de las negociaciones de paz con el ELN. La prolongación del secuestro o, algo aún más grave, un incidente que lleve a un desenlace fatal de esta situación, pondría en grave riesgo la continuidad de estas negociaciones. Así ocurrió hace muchos años cuando, en medio de unas negociaciones de paz que adelantaba el gobierno nacional con varias organizaciones guerrilleras, en Tlaxcala, México, se produjo la muerte en cautiverio de Argelino Durán Quintero, un exministro y líder político liberal. Así volvió a ocurrir en las negociaciones de paz del Caguán cuando las Farc se llevaron al parlamentario Jorge Eduardo Géchem Turbay después de haber secuestrado el avión en que viajaba. Las conversaciones se vinieron al suelo. La muerte de Durán Quintero es un augurio atroz. Se produjo en la misma zona de El Tarra, en el Catatumbo, donde se encontraba Hernández-Mora el día de su desaparición, y ocurrió en mayo, precisamente en mayo, de 1992. Sueno muy trágico. Estoy invocando demonios, quizás al momento de aparecer esta columna ya se haya resuelto de manera favorable la situación, lo cual me produciría una gran alegría. Pero tengo la obligación de advertir los riesgos que conllevan estas acciones. El ELN no puede jugar al azar la salida política negociada que ha buscado por tantos años. Está obligado a decir públicamente que abandona el secuestro. Es una cruz demasiado pesada para las negociaciones de paz. El ELN no ha comprendido aún que en la política las cosas no son como son, son como las siente la gente. Las masacres terribles que se han cometido en el país, los asesinatos, las desapariciones forzadas son, sin duda, crímenes más graves, pero el delito más repudiado en el país es el secuestro. Así son las cosas. El ELN comete un grave error al defender el secuestro con el argumento de que hace parte integral del conflicto y por tanto tiene que hacer parte de la negociación. No. El secuestro es una violación al derecho internacional humanitario que entra entre las cosas que se abandonan, que se dejan, que no se pueden transar. Sería un absurdo llevar a la mesa de negociaciones el secuestro, eso no lo puede hacer el gobierno. Lo que se lleva a la mesa, en sentido genérico, es el cese de las hostilidades; que puede ser de carácter unilateral, correspondido por la contraparte, con un desescalamiento de la confrontación; o puede ser formalmente bilateral, en función de una terminación definitiva del conflicto armado. Al mantener y defender públicamente el secuestro, el ELN se somete además, en medio de las negociaciones, a que cada plagio que se dé en sus zonas de influencia le sea atribuido de manera inmediata. Ocurrió con la abogada Melisa Trillos y con otros dos secuestrados en estas semanas. Después la señora Trillos dijo que no sabía que grupo la tenía y el ELN negó la autoría, pero en la retina de la opinión pública quedo como responsable esa guerrilla. En los meses que siguen, en la eventualidad de que se abran las negociaciones de paz, en cada encuentro con la prensa o con representantes de la sociedad, el ELN tendrá que hablar primero de esta defensa del secuestro, siempre le preguntarán por los secuestrados y por las razones para insistir en esta triste y atroz decisión. No le dejarán hablar de otros temas con tranquilidad, de sus aspiraciones políticas y sociales, de sus demandas en la mesa, de su visión de futuro. Las ruedas de prensa serán perturbadas por las preguntas sobre el secuestro y eso no le conviene ni al ELN ni a las negociaciones de paz. Ahora bien, el gobierno también podría pensar en una fórmula para ayudarle al ELN a salir del grave impase. Podría variar el esquema de negociación y empezar por acordar un cese bilateral de las hostilidades. La idea precisa sería dedicar un mes, solo un mes, a pactar el cese bilateral utilizando la verificación internacional acordada con las Farc. Si en ese mes no se logra el acuerdo, se hace a un lado el tema y se continúa con la agenda ya convenida con el ELN. Con un cese bilateral se conjuran los secuestros, las voladuras de los oleoductos, además de las confrontaciones militares entre la fuerza pública y la guerrilla, con lo cual se negociaría en un ambiente mil veces más tranquilo y esperanzador hasta llegar al acuerdo final. Columna de opinión publicada en Revista Semana

  • El gran enredo del Partido Conservador

    La bancada conservadora votó este miércoles, en la comisión primera de la Cámara, de manera unánime, a favor del proyecto de acto legislativo que establecerá el blindaje jurídico de los acuerdos con la guerrilla, y definirá un nuevo procedimiento parlamentario para implementar y desarrollar lo que el gobierno y las Farc pacten en La Habana. Se incluyó, sin cambio alguno, el parágrafo transitorio mediante el cual los acuerdos de paz entran a la Constitución Nacional y obligan a los gobernantes, en los años que vienen, a llevarlos a la práctica. El hecho no tendría mayor trascendencia si se tratara de un partido comprometido en todas sus instancias con el gobierno y con la paz. Pero no es el caso. Mientras el grupo parlamentario vota esta polémica y decisiva ley, la excandidata presidencial Marta Lucía Ramírez, el procurador Alejandro Ordóñez y el expresidente Andrés Pastrana realizan una dura oposición a las negociaciones de paz. La paradoja que protagonizan los conservadores no tiene nombre. Ellos habían intentado, en los gobiernos de Betancur y Pastrana, realizar un acuerdo de paz con las Farc. Ambos mandatarios se jugaron su prestigio y ataron sus administraciones a la posibilidad de terminar la guerra por la vía negociada. Tanto, que se llegó a decir que la paz del país tendría sello conservador. Pero en los últimos años esta agrupación se partió en dos. Una parte decidió servir de furgón de cola del expresidente Álvaro Uribe y acompañó a Óscar Iván Zuluaga en la pasada campaña electoral, y ahora sirve de coro a todas las prédicas de Uribe y su partido. La otra, en la que se encuentran ministros claves de la actual administración, parlamentarios y líderes históricos de la colectividad, decidió apoyar los esfuerzos de paz. Mención especial merecen Belisario Betancur y Álvaro Leyva Durán. El expresidente, que vio arder sus sueños de una Colombia en paz en las llamas del Palacio de Justicia, en una acción iniciada por una guerrilla a la que le había tendido la mano de la reconciliación, ha saltado por encima de la desilusión y ha prestado siempre su voz de apoyo a todas las iniciativas de paz que han tenido ocasión después de su paso por la Casa de Nariño. Leyva es quizás el colombiano más testarudo en el empeño de lograr una salida negociada para los 50 años de guerra. Ha estado en todos los intentos. Esta vez tuvo que insistir hasta el cansancio para que lo dejaran entrar en las negociaciones. Logró al fin que lo aceptaran como asesor en la mesa y ha jugado un papel decisivo a la hora de encontrar las fórmulas para resolver el espinoso tema de la justicia, y también para diseñar el camino de la refrendación y la implementación de los acuerdos. No voy a incurrir en la ingenuidad de atribuirle solo nobles propósitos al respaldo de los parlamentarios conservadores a la agenda legislativa para la paz, está de por medio la enorme cuota burocrática que tienen en el gobierno. Pero debo decir que esta actitud hace honor a las dos veces que este partido intentó la paz con las guerrillas y, más atrás, hace honor al pacto del Frente Nacional que cerró la brutal violencia de los años cincuenta del siglo pasado. La aguda división del Partido Conservador no tiene pinta de ser episódica. La cercanía de la firma del acuerdo de paz con las Farc, la apertura de negociaciones con el ELN y la búsqueda de estrategias para someter a la justicia a los neoparamilitares, está generando una nueva realidad en la política colombiana. Las elites que gobernaron a lo largo del siglo XX se han fracturado y la izquierda ha entrado de modo decisivo en el escenario nacional. Nada será igual después de la firma de los acuerdos de paz. Una fotografía reciente, en la que conversaban Ordóñez, Óscar Iván Zuluaga y Uribe en Miami, da una pista de lo que podría ser la fórmula con la cual la ultraderecha del país se presente a las próximas elecciones. Esa coalición arrastrará sin duda al electorado conservador más pétreo, al más duro; pero puede también llevarse a la inmensa mayoría de ese partido, si quienes han estado del lado de la paz no se agrupan y encuentran un candidato apropiado para los retos del postconflicto. ¿Qué harán personas como Marta Lucía Ramírez y el joven presidente del partido, David Barguil? La excandidata dice una y otra vez que a ella no la pueden rotular de incondicional de Uribe y después de la campaña electoral ha luchado por hacerse a un perfil propio, pero cada vez que se refiere a las negociaciones de paz sus palabras tienen un eco muy parecido, demasiado parecido, a las del expresidente. Barguil tampoco sabe dónde ponerse, nada en dos aguas y trata de hacer un equilibrio imposible en la actual coyuntura del país. Columna de opinión publicada en Revista Semana

  • El desespero de Uribe

    El expresidente Uribe se está jugando los restos. Puede recuperarse, puede sobreaguar, es un político demasiado hábil, muy conectado con la idiosincracia colombiana, pero cada vez le resulta más difícil acertar. Se juega contra la paz el recurso que le queda: la opinión, la aceptación que aún tiene en las encuestas, esa conexión con el sentir de una parte de Colombia que vive ensimismada, atada al siglo XX, ahogada en sus rencores. Se lanzó a la calle con sus seguidores el 2 de abril, ahora convoca a la resistencia civil y tiene en la mira el plebiscito, cree que allí puede frenar el proceso de paz, cree que allí le puede dar una estocada mortal a Santos. Es un acto desesperado que se le ocurrió ante la inminencia de la firma de la paz. Así presentó la estrategia en la entrevista al canal Caracol, llamó a la resistencia civil para dar una respuesta al pronto anuncio de acuerdos en La Habana. Tiene a su favor la baja popularidad de Santos, las broncas de muchos colombianos con las guerrillas, los dolores, las venganzas y las frustraciones acumuladas en esta larga guerra y en varios intentos de negociación. Pero su desafuero, su intemperancia, su radicalidad lo han aislado, lo han puesto en una condición penosamente minoritaria en el Congreso de la República y en una cruda soledad en la comunidad internacional. Ya nadie se acuerda, pero Uribe creó en sus dos mandatos un partido, el de La U, que ha ostentado mayorías electorales en los últimos años y ese partido lo abandonó. Ya nadie se acuerda, pero Uribe gobernó con una alianza de ocho partidos y todos esos grupos lo abandonaron y lo obligaron a constituir un pequeño partido nuevo, una fracción de áulicos, con la que aspira a ganar el plebiscito. Ya nadie se acuerda, pero su círculo más cercano está preso o prófugo. Uribe tuvo la anuencia de los Estados Unidos en los tiempos de Bush, y aún, en los primeros tiempos de Obama, para intentar un triunfo definitivo sobre las guerrillas, pero no pudo. Ahora esa realidad cambió, ahora los gringos le están apostando a la paz. A Uribe no le paran bolas en Washington, y desata respuestas negativas y hasta desagradables de los diplomáticos norteamericanos cada vez que ataca la actitud de Estados Unidos y de su enviado especial Bernie Aronson a la mesa de negociaciones. Uribe no encaja en la memoria la imagen de Obama, en La Habana, en marzo, estrechando la mano de Raúl Castro, no se percata de los cambios, y le va a ocurrir como al general Augusto Pinochet, amigo entrañable de Washington en una época, que murió abandonado y a sus funerales solo acudió un funcionario de tercera de la embajada de los Estados Unidos en Santiago, con una nota de pésame que no alcanzó a registrar la prensa chilena. La decisión de jugar sus restos contra la paz hablando de impunidad, diciendo que los acuerdos no son sostenibles a futuro por graves fallas en sus fundamentos jurídicos, solo le puede dar resultado si ocurren hechos extraordinarios de violencia en estos meses propiciados por la guerrilla o trampas inaceptables surgidas de sus filas; si no salen a la calle personas taquilleras en las encuestas como Germán Vargas Lleras, Sergio Fajardo y Gustavo Petro a defender el proceso de paz; si no surge un gran frente civil para promover el plebiscito; si el gobierno no se espabila y empieza responder duro y con verdad a las diatribas contra la negociación. Pero estas cosas no van a pasar, no pueden pasar. Uribe se va a quedar esperando, como esperó impaciente en la segunda vuelta presidencial de 2014, a que las Farc cometieran torpes actos de guerra; la guerrilla no va a ser tan bruta para darle ahora un papayazo a su principal adversario. Uribe tendrá que enfrentar a quienes están en la carrera presidencial del lado de la paz, ellos no se quedarán sentados en la casa en tiempos de plebiscito que es, sin duda, el primer round de la campaña de 2018, no le dejarán el campo libre al procurador Ordóñez que con el mayor descaro utilizará su cargo público para encabezar la oposición uribista a la paz. Uribe se enfrentará en estos meses a quienes sí saben de resistencia civil. A la izquierda, a las organizaciones de derechos humanos, a los sindicalistas, a los indígenas del Cauca, a las fuerzas campesinas del Catatumbo y de Putumayo y de Caquetá, a las comunidades negras del Pacífico que han sufrido tanto la guerra y buscan la paz, a un notable grupo de obispos y a la pastoral social de la Iglesia. Santos tendrá que recordar que solo cuando se fue encima de Zuluaga en la pasada campaña electoral; cuando lo ubicó como enemigo de la paz, así, a secas; cuando empezó a sacarle los chiros de corrupción al sol, pudo respirar en una contienda que tenía perdida. Con Uribe no vale agachar la cabeza, quien le muestra miedo a Uribe pierde, quien no le responde con dureza a sus mentiras pierde. Columna de opinión publicada en Revista Semana

  • La disolución de la Unidad Nacional

    Dijo el presidente Santos, en una entrevista a Caracol Radio, que “La Unidad Nacional evoluciona hacia una coalición por la paz”. La frase es bonita. Pero la realidad es más pedestre, más mundana y vulgar. La Unidad Nacional se rompió, se disolvió. Horacio Serpa, codirector del Partido Liberal, aseguró que no le interesaba permanecer en esa coalición; Carlos Fernando Galán, senador de Cambio Radical, ha planteado que su partido no se siente comprometido con la Unidad; y Armando Benedetti, del Partido de la U, ha manifestado que la alianza está haciendo agua por todos los lados. Los tres partidos están en un pulso para conservar o aumentar su presencia en el gabinete y en los puestos de mando del Estado. Ven que Santos está en su peor momento en las encuestas y le quieren cobrar, cada uno por su lado, muy caro su respaldo. Se están preparando además para afrontar la campaña electoral de 2018 y mueven todas las fichas para quedar en punta de carrera. Germán Vargas Lleras está en el centro del litigio. Serpa dice con persistencia que Vargas Lleras debería renunciar para dedicarse a la campaña por la Presidencia. Supone que este es el candidato in pectore de Santos. No es descabellada la conjetura. Entre Santos y Vargas Lleras tiene que haber un compromiso, quizás tácito, quizás explícito, en ese sentido. No hay que olvidar que en la campaña pasada, en la difícil disputa con el uribismo, hubo momentos en que Vargas Lleras tenía mayor figuración que Santos en las encuestas, sin embargo, prefirió optar por la Vicepresidencia en vez de hacer rancho aparte y lanzar su propia candidatura. En todo caso, el látigo de Serpa sobre el vicepresidente no puede ser porque advierte un gran desequilibrio entre lo que le dan a Cambio Radical y lo que le dan al liberalismo. No puede ser un asunto de cuotas. Porque los liberales aventajan de lejos a los de Cambio en el gobierno. Tienen mal contados cinco ministerios, las negociaciones de paz en sus manos y una influencia diaria en el Palacio de Nariño a través del expresidente Gaviria. Por ahí no va la cosa. Lo que ve el astuto líder liberal es que tanto el Partido de la U, como su propio partido, siendo, como son, los partidos más votados del país, no tienen, en este momento, una figura claramente identificable como candidato presidencial con un arrastre importante en los sondeos de opinión. Su campaña contra Vargas Lleras apunta a debilitar a un candidato manifiesto y visible para abrirle paso a una candidatura del liberalismo o de La U con la cual competir, con alguna posibilidad de éxito, en las elecciones de 2018. Santos hizo una frase para salir del grave impase en que se encuentra y para señalar una ruta de navegación, en medio de las tormentas, hasta un puerto todavía lejano: la firma de la paz, el desarme de las guerrillas y el cierre con broche de oro de su mandato. Pero necesitará más, mucho más, que este enunciado y que la decisión de nombrar a dos ministros de la izquierda, para llegar a ese destino. Tendría que darle un gran contenido y una verdadera potencia a la pretendida Coalición para la Paz y eso implicaría un plan muy arriesgado y audaz. Otro desafío de marca mayor a Uribe. Una fuga hacia adelante. Para empezar tendría que alejar a Vargas Lleras de cualquier tentación de alianza con el uribismo y forzarlo a un compromiso abierto y claro con las negociaciones de La Habana. A renglón seguido tendría que utilizar de inmediato las facultades extraordinarias y poner en marcha la comisión legislativa especial, para convertir en leyes y decretos el paquete de reformas políticas y sociales que Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle han pactado con las Farc en Cuba. Con toda fidelidad, con el mayor apego a lo acordado, sin intentar ninguna trampa o atajo. Lo cual implica poner a prueba las declaraciones reiteradas de apoyo a la paz del Partido Liberal, del Partido de la U y de Cambio Radical. Sacudir a estas fuerzas para ver quien está de verdad con la paz. No tiene más allá de diciembre para realizar esta tarea. Con una apuesta de cambios ciertos para el país y de seguridad física y jurídica para las guerrillas tendría toda la legitimidad, todos los argumentos, para acelerar el cese bilateral y definitivo de todas las hostilidades, la firma de la paz, un mecanismo idóneo y consensuado de refrendación y el tránsito a la vida civil de las insurgencias. Con esa apuesta le daría verdadero juego a la izquierda y aplacaría sus divisiones. Con esa apuesta ayudaría también a decantar las candidaturas presidenciales favorables a las actuales negociaciones de paz y alejaría el triunfo de la derecha dura en cabeza de un candidato como Alejandro Ordóñez que puede poner de su lado al Centro Democrático, a la mayoría de los conservadores y a un amplio espectro de fuerzas empresariales que sienten la paz como amenaza. Columna de opinión publicada en Revista Semana

  • El punto cero: por qué no se ha firmado en La Habana

    La firma del acuerdo de paz estaba prevista para el pasado 23 de marzo. Al final de ese día ambas partes, FARC y gobierno, no llegaron siquiera a producir un comunicado conjunto. Además ya han pasado dos ciclos desde esa fecha y no se ha logrado anunciar nada, a pesar de que se sabe que lo del cese bilateral esta cocinado. La explicación a esto, es que la discusión se encuentra detenida en un asunto político. Sobre esto se pueden decir dos cosas; En primer lugar,  tanto las FARC como el gobierno tiene razón en sus argumentos, son poderosos, aunque todo parece indicar que las FARC tiene algo de razón más que el gobierno. Lo segundo, es que en este punto la discusión ya no es técnica sino política. El dilema de fondo es cuando comienza el postconflicto o mejor cuál es el punto cero, o el punto de arranque. Para el gobierno el punto cero comienza cuando la última zona de concentración realice la dejación de armas. Para las FARC el punto de inicio es el día de la firma de los acuerdos de paz. El tema es que ambas partes ven el inicio del proceso de construcción de paz como una fecha y no como una transición. Tres son las situaciones. Primero. La dejación de armas no será una fecha única, lo que muy seguramente va a suceder es que se crearán unas 20 zonas de ubicación, y la dejación de armas será progresiva. Es decir, una vez se dé la firma, una primera zona dejará las armas, 20 días después va la otra y así sucesivamente. De tal forma que este proceso tardará no menos de 6 meses, lo cual es normal en cualquier proceso de paz. Por ello el mecanismo internacional de verificación de Naciones Unidas tiene un mandato de 6 meses prorrogables 6 meses más. Además la guerrilla ve las armas como la única garantía de que el gobierno les cumplirá. Sobre todo en el proceso de reglamentación de los acuerdos de paz. Es decir, una vez se dejen las armas los incentivos para que el gobierno le cumpla a las FARC serán bastante bajos. Segundo. Expertos, analistas, así como el gobierno saben que la FARC, así como estuvieron en la parte de la creación de los acuerdos deben estar en su reglamentación, es decir, en el momento que el congreso  convertirá en leyes lo firmado en La Habana. Los acuerdos de paz, una vez firmados, son una firma de voluntades nada más que eso. La guerrilla ha hablado de un acuerdo espacial para introducir los acuerdos de paz como tratado internacional y así por bloque de Constitucionalidad se convierten en obligatorios para el Estado colombiano. El gobierno ha optado por que sea una parte del congreso, mediante un mecanismo simplificado, el que reglamente los acuerdos de paz. Más allá del debate de cuantos curules deben tener la FARC para esta reglamentación lo cierto es que de firmarse el acuerdo de paz antes de julio, el Congreso debería comenzar a tramitar en el segundo semestre del año dicha reglamentación. Así las cosas los cronogramas son complicados, ya que, el cronograma de la dejación de armas se superpone al de la reglamentación de los acuerdos. Es decir, las FARC deberían estar en el congreso aún con algunas zonas de ubicación sin dejar las armas. Si bien van a estar concentrados y con un mecanismo de verificación internacional, algunos van a tener armas. A la vez a las FARC, tiene las armas como única mecanismo de respaldo para que no les hagan conejo. Tercero. Los dos cronogramas mencionados anteriormente se cruzan con el del plebiscito que muy seguramente será votado a finales del año. Además ya para esas fechas la campaña del 2018 estará arrancando motores y el presidente Santos tendrá difícil la maniobrabilidad política del país. Las FARC también quieren comenzar a hacer política, no significa que sean candidatos, pero si comenzar a plantear sus ideas públicamente, también esta aspiración se cruza con los cronogramas anteriores y con la puesta en marcha de la jurisdicción especial para la paz. Finalmente se podría decir que el gobierno ha dicho que política con armas no se puede hacer y las FARC para que les cumplan no tiene otra garantía que las armas, tremendo dilema. Sin embargo, el gobierno debe entender que el inicio del postconflicto es una transición y no una fecha.

  • El momento más crítico de Santos

    Todas las encuestas de marzo dicen que la imagen del presidente Santos está por debajo del 25 por ciento. Alguna señala que está por debajo del 20 por ciento. No es para menos. El presidente, al finalizar el primer trimestre del año, parecía un saco de boxeo al que golpeaban con saña la amenaza de un apagón, la sequía, el declive impresionante de los precios del petróleo, el crecimiento del desempleo, el aplazamiento de la firma del acuerdo de paz con las Farc, las acciones del ELN, el paro armado del Clan Úsuga, la anunciada marcha del uribismo, las protestas sociales, el fallo de La Haya sobre el diferendo con Nicaragua, la corrupción en Reficar, las disensiones en el seno del gobierno y los debates contra algunos ministros. La golpiza no tiene nombre, tampoco la forma desastrosa como ha respondido Santos. A la defensiva, a destiempo, en un dejar hacer de los partidos miembros de la coalición de gobierno y de sus ministros, en una pasividad enorme frente a los hechos, con una pésima utilización de algunos logros innegables de su mandato. Empecemos por examinar esto último: lo que tiene para mostrar y no lo hace, o no lo puede hacer. La paz y la infraestructura. El hombre más importante del gobierno, el vicepresidente Vargas Lleras, no promociona las negociaciones de paz, no se mete en ellas, a veces, incluso, a través de su partido Cambio Radical, envía señales de crítica y contradicción. El apoyo a la paz corre por cuenta del Partido Liberal -que tiene todo el andamiaje de la negociación y del posconflicto en sus manos- y del Partido de la U, que se la juega en el Congreso para que salgan adelante las iniciativas que tienen que ver con el proceso. Pero, a la vez, los avances en la infraestructura vial, en la vivienda, en la obras, no son promocionados por los liberales y La U, porque, dicen, están pavimentando el camino presidencial de Vargas Lleras. Los celos crecieron con ocasión de las elecciones locales y algunos triunfos de Cambio Radical en las regiones, jalonados, sin duda, por la abultada chequera de los ministerios que coordina el vicepresidente. Y ocurre, entonces, el extraño caso de que algo que debía ser orgullo para el gobierno se convierte en controversia, y habla Serpa contra Vargas Lleras y habla Benedetti contra Vargas Lleras y el presidente tiene que salir a regañar al vicepresidente. Ahondemos un poco más en el manejo del proceso de paz ante la opinión pública en los últimos meses. Mal, muy mal. Se han equivocado en los tiempos y en los pulsos con las Farc. Con el prurito de hacer las cosas bien, con la enorme desconfianza sobre la guerrilla se han apegado a libretos rígidos, donde no hay audacias e imaginación para dar saltos, para plantear incentivos que lleven a los negociadores de las Farc a acelerar la marcha. Ya todo lo grande está acordado, hasta los términos de la justicia que eran los más espinosos. Las Farc están más acá, más en la paz, que en la guerra, toda demora, toda prolongación de la negociación, todos los pulsos tramitados por los medios de comunicación -ejemplo el Conejo- restan puntos en la opinión y benefician a la oposición. Lo que falta del lado de la guerrilla es dar el paso a la concentración de las fuerzas, a un mecanismo de refrendación aceptable y a la dejación de las armas. Lo que falta del lado del gobierno es darles a las Farc –igualmente desconfiadas del gobierno– la seguridad jurídica, la seguridad física y la certeza de que se cumplirán los acuerdos. Esto es –quizás exagerando un poco– puro procedimiento, pura imaginación, pura audacia, para establecer una hoja de ruta bajo la tutela del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y de los garantes internacionales del proceso. No bastará con un timonazo al proceso de paz para que Santos recupere la confianza y el apoyo de la ciudadanía. No le bastará para transitar con alguna calma los dos años largos que le faltan de gobierno. Es necesario más, mucho más. Santos está obligado a desatar una crisis ministerial, a llamar nuevas fuerzas al gobierno, a buscar mayor armonía entre su equipo estableciendo reglas de juego para quienes aspiran a presentarse a las elecciones presidenciales de 2018. Está obligado a enviar señales de un verdadero diálogo social para atenuar los efectos de la crisis económica entre las clases medias y los sectores populares. Está obligado a construir una estrategia integral contra las bandas criminales y el paramilitarismo que tenga como eje el sometimiento a la justicia y apunte a depurar a la fuerza pública, a romper los nexos de los políticos y de los empresarios con estas organizaciones y a encontrar alternativas para los miles y miles de jóvenes vinculados a las economías ilegales.

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