JULIO DANIEL CHAPARRO
- Guillermo Linero

- 25 jul 2025
- 4 min de lectura
Por: Guillermo Linero Montes

En estos días, cuando reina “la prensa putrefacta” -como ha denominado el presidente Gustavo Petro a cierto medio corporativo- y cuando reinan los “periodistas asquerosos” -como ha denominado Juan Gossaín a sus colegas que usan como principio fundamental la mentira-, hacen mucha falta y da mucha melancolía y mucha grima que no estén presentes, todos los periodistas -ellos sí sanos de mente y fieles a la verdad- que dieron la vida por su profesión y por el país.
Según la Sala de Redacción de Ausentes -de la FLIP- “Colombia es uno de los países de mayor riesgo para ejercer el periodismo: entre 1977 y el 2025 fueron asesinados 169 periodistas por realizar labores informativas. Pienso ahora en Orlando Sierra, subdirector del diario La Patria -asesinado en Manizales por sus investigaciones periodísticas contra la corrupción- y en Julio Daniel Chaparro, cronista de El Espectador, asesinado en Segovia Antioquia por indagar y dar cuenta de las masacres. Ambos fueron amigos míos, de modo que puedo dar fe de la nobleza, de la humanidad, del profesionalismo y de la valentía que les caracterizaba.
Sin embargo, esta nota es para compartir y propagar que este 25 de julio, por fin se ha dado el “Acto de reconocimiento de responsabilidad internacional del Estado” por la muerte de Julio Daniel y la del fotógrafo Jorge Torres, también periodista de El Espectador, y a quien no tuve la fortuna de conocer, pues apenas supe de él aquella triste noche del 24 de abril de 1991, cuando les asesinaron en una suerte de fusilamiento a quemarropa.
Quisiera hablar especialmente de Julio Daniel Chaparro (Sogamoso 1962, Segovia, Antioquia 1991), pues hice parte de su entorno de amigos entrañables, y lo soy todavía de sus padres, de su hijo y de sus hermanos y hermanas. Debo decir entonces, para exaltarlo merecidamente, que pese a su exitosa labor en el periodismo, Julio Daniel era un poeta de tiempo completo. No obstante, se dio a conocer singularmente en el periodismo, gracias a sus crónicas, que estando alineadas al llamado “nuevo periodismo” descrito por Tom Wolfe, tenían algo distinto a lo propuesto por Truman Capote, García Márquez y el mismo Tom Wolfe. En efecto, Julio Daniel Chaparro, aparte de dar a sus crónicas el tratamiento narrativo propuesto por los autores citados, les agregaba elementos propios de la poesía, haciendo que lo descrito en torno a una noticia, dado a olvidarse en el corto tiempo, perdurara como un recuerdo propio.
A mi juicio, Julio Daniel alcanzó a escribir los libros necesarios (Cito acá apenas dos: “… Y Éramos como soles” y “Árbol ávido”) y lo hizo con tanta avidez que no cabe la menor duda acerca de que consiguió su madurez poética. Al principio, cuando conocí sus textos teniendo ambos entre 19 y 21 años, me parecieron muy herméticos y a veces obtusos. Yo no compartía en aquel tiempo su gusto y predilección por las ocurrencias surrealistas -como las de René Char- ni por las ensoñaciones de poetas del expresionismo alemán -como las de George Tralk-.
Ahora, puestas las cosas en orden y bajo el prisma de la experiencia- puedo decir que Julio Daniel era en verdad un poeta adelantado, como lo eran también los poetas de su generación (“la generación emboscada” la rotuló otro cercano amigo suyo, el narrador Evelio Rosero). Me refiero a Robinson Quintero, a Jorge Mario Echeverri, a Eugenia Sánchez, a Guillermo Martínez, a Gustavo Garcés, a Armando Rodríguez y, entre otros, a mi hermano Fernando. Aquella era una generación feliz, pero muy advertida de la realidad nacional y bastante comprometida en la tarea de promover la sensatez humana. A esos espacios sociales -tenía otros- Julio Daniel le sacaba mucho partido emocional, bien debatiendo sobre poesía -casi siempre conmigo- o bien cantando, mientras le acompañaba con la guitarra Evelio Rosero o mi hermano Fernando.
Lo cierto es que ese gusto por lo obtuso de los surrealistas -recuerdo cuánto leía a René Char- y por el simbolismo de los poetas del expresionismo alemán -principalmente el de George Tralk- lo conducía a una suerte de abstracción lingüística, con la cual construía paisajes propios de los “modos del dormido” -para decirlo a la manera de Henri Michaux, otro de sus poetas preferidos- siendo él adicto al paisaje propio de los “modos del que despierta”: a los árboles, al sol, a los pájaros y, por supuesto, al ámbito de los nobles actos humanos.
Julio Daniel Chaparro, se visualizaba en el futuro como un poeta feliz -eso recuerdo- trabajando en la producción de libros y en la gestión cultural, siempre junto a sus amigos de Villavicencio: Jaime Fernández Molano, José Vicente Casadiego y, entre otros, Constantino Castelblanco, también amigos míos, con quienes dinamizó en la década de los 80 -y por vez primera en la historia cultural de Villavicencio- el gusto por la poesía y el reconocimiento de cómo ella no es un asunto de escribir esquelas, sino un discurso de crítica social y de autocrítica existencial.
Debo decir, finalmente, que Julio Daniel, tal cual a lo sugerido por Rimbaud, era también una suerte de vidente. Luego de su muerte se hizo popular su poema donde la predecía, cuyo título es “Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle”. Pero hoy, pasados ya más de 30 años, me llama la atención este fragmento de su texto “Poema para que nos amen”, donde habla desde la vejez, desde la edad que hoy tendría:
“…
la juventud es un recuerdouna dura nostalgia que se evita.delicadamente nos han ido trabajandola vejez y las arrugasla sombra violácea de los ojos:nos han ido trabajando la estatura este silencionuestro puesto en el jardín de abril que no es el cielo.ah, mi paíshueco de rosas negras putrefactaspantano de dioses adorables y de espinas
….”.



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